miércoles, 20 de agosto de 2014

El juramento del juego de pelota


Pará¡ás, 20.6.1789 œ-œ Tres dá¡áas despuá‚ás
de su solemne inauguraciá¢án en el pal­acio de Versalles, los estados gener­ales entran en una profunda crisis. L­¬os representantes del tercer estado,
que concitan el apoyo de la mayor pa­rte de la poblaciá¢án, resuelven sanci­onar una constituciá¢án que de hecho p­ondrá¡áa fin al rá‚ágimen absolutista de
Luis XVI. El 20.6.1789, reunidos en u­¬n salá¢án donde la corte celebraba sus
juegos de pelota, los diputados juran
no disolver la asamblea nacional has-
ta que esa constituciá¢án sea aprobada.
El llamado Juramento del juego de pe-
lota alarma profundamente al rey y a
los estamentos privilegiados: Luis
XVI decide entonces preparar un golpe
militar que acabe con los estados ge­nerales y reá£áne tropas en torno al p­alacio de Versalles. El monarca anula
las resoluciones hechas aprobar por e­¬l tercer estado y hace cerrar la sala
de sesiones del palacio. Para los di­putados, ese gesto supone una ruptura
entre la monarquá¡áa y los representan­tes legá¡átimos de la naciá¢án.
Asá¡á, el Juramento del juego de pelo-
ta se convierte en el prá¢álogo de la
revoluciá¢án. Las maniobras del rey ha-
bá¡áan sido vistas con alarma e indig-
naciá¢án por parte de campesinos y art­esanos, que esperaban con impaciencia
de los estados generales la adopciá¢án
de urgentes medidas para aliviar la m­¬¬iseria de las masas. En esos mismos d­¬¬á¡áas, y a raá¡áz de la desastrosa cose-
cha de 1788, el precio del pan subá¡áa
de manera incontenible. La pá‚árdida de
esa á£áltima esperanza en una reforma h­¬¬izo que las clases pobres del paá¡ás se
sumaran a la burguesá¡áa, cabeza del m­ovimiento revolucionario. En tá‚árminos
globales, ese movimiento refleja¬ba el
profundo cambio que se habá¡áa produci­do ya en el conjunto de las relacion­es econá¢ámico-sociales vigentes tanto
en Francia como en la mayor parte de
los paá¡áses del continente. Enriqueci­da con el comercio ultramarino, la b­urguesá¡áa constituá¡áa una fuerza histá¢áÜj Ü®rica en auge, que para dar rienda su­elta a su impulso necesitaba despren­derse del anacrá¢ánico peso muerto que
constituá¡áa la nobleza y, en muchos c­asos, la instituciá¢án moná árquica. El c­¬¬ontrol del poder polá¡ático, hasta ent­onces monopolizado por la nobleza te­rrateniente, constituá¡áa el verdadero
programa del tercer estado. Del espl­endor de la á‚ápoca de Luis XV, Francia
pasaba a la decadencia bajo Luis XVI.
Una de las causas que contribuá¡áa a la
quiebra del Antiguo Rá‚ágimen era el s­urgimiento de la revoluciá¢án industri­al: a partir de 1770, las nuevas for­mas de producciá¢án provocaron el crec­imiento del volumen de los negocios,
del que los burgue¬ses fueron los pri­ncipales beneficiarios. Mientras tan­to, y a causa de la creciente implan­taciá¢án de los nuevos sistemas produc­tivos, los precios y los salarios su­frieron bruscas oscilaciones, y este
hecho no hizo má ás que acentuar la mi­seria de las clases desposeá¡ádas. El c­¬ambio que se producá¡áa en las estruct­uras sociales de todo Occidente enco­ntrá¢á su expresiá¢án en las asociaciones
ilustradas, cuyas ideas, las Luces d­el siglo, tendrá¡áan un peso enorme en
el desarrollo de los acontecimientos:
la Enciclopedia, las obras de Didero­t, Voltaire, Montesquieu y Rousseau p­¬roporcionaron al movimiento revoluci­onario una interpretaciá¢án coherente d­¬el mundo y de la historia, al mismo t­¬iempo que un programa concreto de re­ivindicaci¬ones. La asamblea de los e­stados generales habá¡áa declarado que
la soberaná¡áa correspondá¡áa al pueblo f­¬rancá‚ás y no al monarca y a la noblez­a: esta concepciá¢án resultaba en sá¡á m­isma revolucionaria, pero para encar­narse en un sujeto histá¢árico concreto
(la burguesá¡áa) tuvo que esperar una c­¬oyuntura polá¡ática adecuada. La obsti-
nada negativa de la nobleza a aumen-
tar su contribuciá¢án fiscal termina-
rá¡áa por conducir a esa coyuntura. Co-
mo en el resto de los paá¡áses occiden-
tales, Francia se encontrá¢á de pronto
casi ahogada bajo el peso de la deu-
da estatal, y el lujo en que transcu-
rrá¡áa la vida de la nobleza resultabaÜj   ÜŒcada vez má ás insultante para un pue-
blo hambriento no sá¢álo de pan sino t­ambiá‚án de igualdad. Es entonces cuan­do la burguesá¡áa francesa se convierte
en eje aglutinador del conjunto de l­as masas pobres del paá¡ás y la revolu­ciá¢án se hace no sá¢álo posible sino in­evitable.

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