viernes, 22 de agosto de 2014

Judaísmo y sionismo


Organizado por el periodista há£ángaro Theodor Herzl, se inicia
en Basilea, en agosto de 1897, el primer congreso mundial
del movimiento sionista. La reuniá¢án se enfrenta por primera
vez desde una perspectiva global a la situaciá¢án en que viven
millones de judá¡áos, apenas tolerados en algunos paá¡áses, per-
seguidos en otros, extranjeros en todas partes. Los partidos
de la derecha alemana, por ejemplo, intentan desviar contra
los judá¡áos la furia popular por la pobreza, los bajos salarios
y la carencia de servicios de asistencia social. Herzl, autor
de ”El estado judá¡áo•, publicado en 1895, propone la creaciá¢án
de un ente estatal basado en el concepto de raza. Para el
lá¡áder sionista, el nuevo estado judá¡áo sá¢álo debe admitir a
quienes se hayan mantenido libres de cualquier mestizaje con
gentiles; el hecho de haber mantenido la religiá¢án hebraica
no basta para ser contado entre los elegidos. La localiza-
ciá¢án de la nueva Siá¢án propuesta por Herzl es vaga: el pe-
riodista ha mantenido infructuosas conversaciones al respec-
to con el sultá án de Turquá¡áa y con el papa; el congreso de
Basilea, sin embargo, iniciará¡áa gestiones para recuperar al
menos en parte los territorios palestinos, donde hace siglos
existiá¢á el estado de Israel. Herzl, que despliega una incan-
sable actividad internacional para proporcionar una nueva
patria a sus hermanos, ha creado ya la Banca nacional judá¡áa
y el Fondo nacional judá¡áo, cuyo objetivo consiste en comprar
tierras en Palestina. Las propuestas de Herzl cuentan con
numerosos precedentes: ya en las primeras dá‚ácadas del s XIX,
el lá¡áder religioso Yehuda ben Salomá¢án al-Kalai (1788-1878)
sostuvo que el regreso a la tierra prometida debá¡áa ser una
obra puramente humana. Hasta ese momento, la ortodoxia judá¡áa
consideraba que ese regreso estaba en manos de Dios, a tra-
vá‚ás de un mesá¡áas. La idea se difudiá¢á rá ápidamente por Europa
occidental y oriental, donde la comunidad judá¡áa sufrá¡áa dis­criminaciá¢án, persecuciones y atentados. Moisá‚ás Hess (1812-
1875), un antiguo colaborador de Karl Marx en la Liga de los
comunistas alemanes, y Hirsch Kalischer (1795-1874) pueden
ser considerados los predecesores del sionismo moderno.

El antisemitismo

œLa actividad de Herzl y del primer congreso judá¡áo mundial
se desarrollaba en un momento histá¢árico caracterizado por
el surgimiento del antisemitismo contemporá áneo en Alemania,
Francia y Rusia; las principales manifestaciones de este fená¢á­meno estuvieron á¡ántimamente vinculadas a las necesidades polá¡á­ticas del estado: en Alemania, los medios oficiales sugirieron
que los judá¡áos, inadaptados, eran individuos incapaces de
vivir en el estado nacional alemá án; en Francia, el gobierno
acusá¢á a la comunidad judá¡áa de atentar contra la seguridad
nacional, y utilizá¢á el caso Dreyfus, en 1894, para proporcio­nar una base a sus acusaciones. La policá¡áa rusa, por su parte,
fue un poco má ás lejos: denunciá¢á la existencia de una conjura
judá¡áa para adueá¤áarse del mundo y presentá¢á como prueba los
Protocolos de los sabios de Siá¢án, supuestas actas secretas
de un congreso judá¡áo celebrado clandestinamente en Rusia.
Despuá‚ás de una serie de sangrientos ”progroms•, un grupo de
estudiantes rusos de origen judá¡áo fundá¢á la organizaciá¢án Bilá£á,
la primera que organizá¢á migraciones a Palestina, donde en
1882 se crearon varias colonias de pioneros. El ansemitismo
formaba ya parte de las tradiciones culturales de Occidente:
la primera manifestaciá¢án histá¢áricamente documentada de per-
secuciá¢án contra los judá¡áos aparece ya en el bá¡áblico ”Libro
de Ester•, y se transformaron en matanzas (Alejandrá¡áa, Cesá á-
rea) en tiempos de Nerá¢án. Junto con el cristianismo, se di-
fundiá¢á la acusaciá¢án de deicidio contra los judá¡áos, hecho que
determiná¢á la prevenciá¢án popular y las medidas jurá¡ádicas pa-
ra evitar la difusiá¢án del judaá¡ásmo. Teodosio II (414-439)
dictá¢á normas que impedá¡áan a los judá¡áos desempeá¤áar cargos
oficiales y edificar nuevas sinagogas. En diversas ocasiones
el poder polá¡ático hizo de la comunidad de origen hebreo el
chivo expiatorio: eran á£átiles porque se les podá¡áa culpar
de todos los males que aquejaban al estado. Durante la edad
media se les impidiá¢á dedicarse a otras profesiones que no
fueran la artesaná¡áa, la medicina y el comercio y menudearon
los ataques de las masas (incitadas casi siempre por el poder)
contra las juderá¡áas. Las matanzas, las persecuciones judicia-
les y la discriminaciá¢án, culminaron con la expulsiá¢án de las
comunidades judá¡áas de Inglaterra, 1290; de Francia, 1306 y
1394; de Espaá¤áa, 1492, y de Portugal, 1496. Como conse¬cuencia,
la mayor parte de la poblaciá¢án judá¡áa mundial se refugiá¢á, d­urante la edad moderna, en paá¡áses germanos y eslavos. Los
ataques prosiguieron (se acusaba a los judá¡áos de practicar
sacrificios rituales de niá¤áos cristianos) y las matanzas l­legaron a nuevo nivel: las má ás graves fueron las cometidas
por los cosacos ucranianos entre 1648 y 1658.

La diá áspora

œEn la historia del pueblo judá¡áo, el aá¤áo 70 marca el fin de
su unidad dentro de un estado y el comienzo de la diá áspora,
de su dispersiá¢án por todo el mundo. La conquista de Palesti-
na por los romanos, que derribaron el segundo templo y pro­hibieron a los judá¡áos residir en Jerusalá‚án, puso en peligro
de extinciá¢án a la comunidad entera. Enfrentado a la dolorosa
realidad del exilio, despojado de conexiones fá¡ásicas con el
templo y la ciudad sagrada, el pueblo de Israel sá¢álo mantuvo
como nexo la comunidad en la fe. Pero una fe que no tená¡áa
una autoridad á£ánica y no tená¡áa un contenido excluyentemente
religioso: el pueblo permaneciá¢á unido en condiciones histá¢á-
ricas, geográ áficas y sociales distintas porque se aferrá¢á a
un conjunto de tradiciones culturales, de costumbres y de
solidaridades que, con el tiempo, no hicieron sino reforzar
la identidad de los judá¡áos. A partir de la diá áspora, el ná£á-
cleo espiritual y religioso del judaá¡ásmo se refugiá¢á primero
en Babilonia, para extenderse luego a todo el mundo musulmá án.
En Europa, entre tanto, otros grupos se asentaron para llevar
una vida aislada de las comunidades de acogida: primero en
Roma, luego en los territorios romanizados. En Espaá¤áa, por
ejemplo, sufrieron la legislaciá¢án restrictiva de los visigo-
dos, hasta que la invasiá¢án musulmana permitiá¢á el renacimien-
to social y cultural de la comunidad judá¡áa. Para ese enton-
ces, los judá¡áos que permanecá¡áan en Palestina (excluida Jeru-
salá‚án) habá¡áan recogido ya las leyes tradicionales que forman
el cá¢ádigo de la Misná á, mientras que la comunidad establecida
en Babilonia, al mando de un exilarca, elaboraba la Guemará á:
ambos textos constituyen el Talmud, el libro sagrado de los
judá¡áos. La legislaciá¢án dictada por el califa Omar I h 650,
seá¤áalaba para los judá¡áos el estatuto de una minorá¡áa protegida,
que tená¡áa garantizada la libertad religiosa, pero era social-
mente discriminada: se les obligaba a usar un traje especial
y tená¡áan prohibidos los cargos pá£áblicos. En Occidente, la
legislaciá¢án codificada por Justiniano (+565) impidiá¢á a los
judá¡áos, a lo largo de la edad media, adaptarse al sistema
feudal: imposibilitados de poseer tierras o de realizar la-
bores agrá¡ácolas, la comunidad tuvo que establecerse en las
ciudades, concentrados -a veces por su propia voluntad- en
barrios especiales o juderá¡áas. Y dado que las leyes prohibá¡áan
los prá‚ástamos de dinero entre cristianos (las leyes judá¡áas
impedá¡áan prestar entre judá¡áos), la actividad comercial co-
menzá¢á a centrarse en la usura. A partir de entonces, los ata-
ques masivos contra los judá¡áos se hicieron frecuentes; los
motines estallaban generalmente en Semana santa, pero tam-
biá‚án en momentos aislados y con los má ás diversos pretextos:
a las acusaciones de que los hebraicos sacrificaban ritual-
mente a niá¤áos cristianos, se sumá¢á la del envenamiento de
las aguas, del pan y de la carne comestible. La comunidad
judá¡áa fue acusada de haber provocado la peste negra que es­tallá¢á en Europa en 1384: de ahá¡á que, a los estragos de la
enfermedad, se sumaran tambiá‚án los incendios de las jude-
rá¡áas y los asesinatos en masa. Sin embargo, entre 950 y 1148,
la comunidad judá¡áa de Espaá¤áa jugá¢á un papel importante en el
florecimiento cultural que vivá¡áa la pená¡ánsula. Hasday ibn
Saprut, má‚ádico y diplomá ático del califa Abd al-Rahman III,
creá¢á una importante escuela cientá¡áfica; Semuel ibn Nagrella,
un intelectual tan sagaz como polifacá‚ático, fue jefe militar
y visir de la taifa granadina. Los judá¡áos, que conocá¡áan la
lengua de los califas, tená¡áan asá¡á la posibilidad de nutrirse
en la cultura á árabe y, a travá‚ás de ella, se apropiaban de
la tradiciá¢án griega. Este hecho explica que, durante la etapa
de los reinos de taifa, surgieran de la comunidad judá¡áa fi-
guras intelectuales de talla universal: Maimá¢ánides, Selomá¢á
ibn Gabirol y Yehudá á ha-Levá¡á. La participaciá¢án judá¡áa en el
proceso de trasmisiá¢án de la sabidurá¡áa cientá¡áfica de oriente
a occidente siguiá¢á siendo decisiva durante los primeros tiem-
pos de la etapa cristiana.

Los judá¡áos en Europaœ

Pero en el s XII, prohibida su intervenciá¢án en la vida polá¡á­tica, la comunidad judá¡áa de Espaá¤áa volcá¢á sus esfuerzos al campo de la economá¡áa. La creciente necesidad de capitales
por parte de los reyes y el prestigio de los administradores
y finacieros judá¡áos, permitiá¢á que muchos miembros de la diá ás-
pora se convirtieran en hombres de confianza de la corona
de Castilla y de la de Aragá¢án. La naciente burguesá¡áa entrá¢á
rá ápidamente en competencia con los judá¡áos, cuya situaciá¢án
empeorá¢á sensiblemente durante el s XIII: las matanzas de Na­varra en 1320 y 1328, el ”progrom• que en 1391 sacudiá¢á a toda
la pená¡ánsula, hicieron que algunos sectores de la comunidad
optará án por convertirse, mientras otros iniciaban la emigra-
ciá¢án hacia el norte de Africa. En 1480, se estableciá¢á en Es-
paá¤áa la Inquisiciá¢án, destinada a combatir a los falsos con-
versos, que seguá¡áan manteniendo en secreto su fidelidad a
la tradiciá¢án hebraica. Por fin, en 1492, el decreto de ex-
pulsiá¢án llevá¢á a un nuevo exilio a los judá¡áos y empobreciá¢á
culturalmente al paá¡ás. La direcciá¢án histá¢árica e intelectual
del judaá¡ásmo se desplazá¢á junto con los miembros de la comu-
nidad que se establecieron en los Paá¡áses Bajos, en los di-
versos estados italianos, en los dominios turcos, en el seno
de grupos judá¡áos que estaban lejos de la brillantez cultural
que caracterizaba a los emigrados. De esa á‚ápoca data la deca-
dencia de los judá¡áos sefardá¡áes (es decir, espaá¤áoles) y el
paso de la direcciá¢án a manos de los askenazis (etimolá¢ágica­mente, alemanes), agrupados en ciudades germanas y polacas.
Buena parte de este segundo grupo emigrará¡áa pronto a Amá‚ári-
ca, donde con el paso de los aá¤áos adquirirá¡áa un enorme pode-
rá¡áo econá¢ámico. Sin embargo, los sefardá¡áes tuvieron todavá¡áa
un perá¡áodo de florecimiento: en el ná£ácleo establecido en Ams-
terdam y Hamburgo surgiá¢á una rica literatura escrita en es-
paá¤áol; la figura má ás alta de ese perá¡áodo es el filá¢ásofo Spi-
noza. En otros paá¡áses, los judá¡áos vivieron en una situaciá¢án
precaria. La Revoluciá¢án francesa pareciá¢á destinada a liquidar
para siempre las persecuciones de que eran vá¡áctimas los judá¡áos
y otras minorá¡áas nacionales: pero la declaraciá¢án de los d­erechos del hombre no bastá¢á para librarlos de la discrimi­naciá¢án, arraigada durante siglos. De todas maneras, y bajo
la influencia directa de la Revoluciá¢án, los judá¡áos obtuvieron
en varios paá¡áses los mismos derechos que el resto de los c­iudadanos y se integraron en la vida social de los diversos
estados. Asá¡á ocurriá¢á en Estados Unidos en 1790, en Portugal
ese mismo aá¤áo, en Francia en 1791, en los Paá¡áses Bajos en
1796, en Westfalia en 1808, en Prusia en 1812 y poco despuá‚ás
en toda Alemania. Fi¬nalmente, y bajo la direcciá¢án de Moshe
Mendelssohn (1729-¬1786), se iniciá¢á en Prusia un movimiento
que se proponá¡áa emancipar a los judá¡áos de todo el mundo de
las leyes restrictivas y persecutorias. Por primera vez en
siglos, desde el flore¬cimiento que significá¢á el perá¡áodo e­spaá¤áol, los judá¡áos pudieron ocupar importantes cargos en el
mundo de las finanzas e incluso de la polá¡ática.

El fin de las ilusiones

œPero la equiparaciá¢án civil de los judá¡áos sufriá¢á una brusca
detenciá¢án en Europa en el tercio final del s XIX, con la a-
pariciá¢án del antisemitismo polá¡ático. Los ”progroms• en Rusia,
las matanzas periá¢ádicas en Oriente y las persecuciones má ás
o menos solapadas en toda Europa, indujeron a los precurso-
res de Herzl a crear un movimiento internacional capaz de
dar un hogar definitivo a los judá¡áos. El camino de la inte-
graciá¢án a las sociedades en cuyo seno vivá¡áan parecá¡áa una vez
má ás cerrado. A partir del primer congreso judá¡áo mundial, el
movimiento, que hizo de Siá¢án (es decir, Jerusalá‚án) su sá¡ámbo-
lo, decidiá¢á promover el regreso a Palestina y ganá¢á rá ápida-
mente adeptos en toda Europa. Pero sobre todo los consiguiá¢á
en la floreciente comunidad de Estados Unidos, hacia la cual
se desplazaba la direcciá¢án intelectual y polá¡ática de la diá ás-
pora. Se iniciá¢á entonces la etapa de los grandes asentamien-
tos de colonos en Palestina, mientras la propaganda sionista
crecá¡áa y ganaba a numerosos sectores. En los aá¤áos siguientes,
el movimiento obtuvo una victoria de enorme trascendencia:
el ministro de Asuntos exteriores britá ánico, Arthur James
Balfour, en una cá‚álebre declaraciá¢án, se comprometiá¢á a est­ablecer un hogar nacional judá¡áo en Palestina. El panorama
parecá¡áa optimista.
Sin embargo, antes de que el estado de Israel se hiciera rea­lidad, los judá¡áos debá¡áan atravesar uno de los perá¡áodos má ás
oscuros de su historia: durante la Segunda guerra mundial,
el rá‚ágimen nazi sometiá¢á al pueblo de Abraham y Salomá¢án a me­didas de exterminio en campos de concentraciá¢án preparados
especialmente para ese fin. En ellos morirá¡áan 6 millones de
ju¬dá¡áos.

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