jueves, 21 de agosto de 2014

La revolución francesa vista desde fuera


Londres, 1795 -œ Los acontecimientos
que marcan el desarrollo de la revo­luciá¢án francesa son seguidos con ap­asionada atenciá¢án tanto en Europa
como en Amá‚árica. A partir de 1790,
textos clá ásicos del movimiento revo­lucionario, como la ”Declaraciá¢án de
los derechos del hombre•, se han tra­ducido a todas las lenguas. El entu­siasmo ante los sucesos de Francia
es particularmente vivo entre las
clases populares de Inglaterra: en
Londres se organiza un comitá‚á de co­rrespondencia con los revolucionarios
de Pará¡ás, y la caá¡áda de la monarquá¡áa
es saludada con grandes manifestaci­ones en Sheffield, Manchester y Edi­mburgo. En todas las capitales euro­peas, la difusiá¢án de las noticias y
del cuerpo doctrinario de la revolu­ciá¢án queda a cargo de numerosos per­iá¢ádicos, muchos de ellos editados en
la clandestinidad má ás rigurosa. Al
mismo tiempo, la capital francesa se
ha convertido en la Meca de los rad­icales de todo el continente: muchos
de ellos se instalan en Pará¡ás y par­ticipan en los dramá áticos pero esti­mulantes acontecimientos anteriores
a 1794. Entre los viajeros revoluci­onarios figuran el naturalista alemá án
Johann Forster y el geá¢ágrafo britá ánico
William Humboldt.
Algunos de ellos pagan muy cara su
adhesiá¢án a los ideales de igualdad,
libertad y fraternidad: el alemá án A-
nacharsis Cloots morirá á en la guillo-
tina junto con sus amigos hebertis-
tas, y el norteamericano Thomas Pay-
ne conocerá á las cá árceles republica-
nas durante el Gran Terror. Para en-
frentarse a la gran coaliciá¢án contra-
rrevolucionaria urdida por la monar-
quá¡áa britá ánica y secundada por la
prusiana, la revoluciá¢án francesa lla-
ma a todos los pueblos de Europa a
rebelarse contra el orden moná árquico
y se presenta como defensora de todos
los pueblos oprimidos. Asá¡á, a comienzos de noviembre de 1792, los habi-
tantes de Bergzabern, un pequeá¤áo en-
clave alemá án situado cerca de Lorena,
plantan el á árbol ritual de la liber-
tad, suprimen los derechos feudales
y piden su incorporaciá¢án a Francia,
antes de ser duramente reprimidos por
las tropas prusianas. Los hechos re-
percuten en la Convenciá¢án, que el 19
de noviembre aprueba un decreto, pre-
sentado por La RevilliáŠáre-Lapeaux,
que dice: "La Convenciá¢án nacional de-
clara, en nombre de la naciá¢án france-
sa, que prestará á ayuda fraternal a
todos los pueblos que quieran reco-
brar su libertad. Con ese fin, encar-
ga al poder ejecutivo que trasmi-
ta a los generales las á¢árdenes ne-
cesarias para socorrer a estos pue-
blos y defender a los ciudadanos
que hayan sido perseguidos, o puedan
serlo, por la causa de la libertad".
Sin embargo, los radicales má‚átodos
puestos en prá áctica por los revolu-
cionarios franceses para dirimir sus
complejas disputas internas (má ás com-
plejas aá£án cuando se las juzga desde
el extranjero) privan al movimiento
de muchas simpatá¡áas en Europa y en
Amá‚árica. Y a partir de 1794, la polá¡á-
tica de terror impuesta por el Comi-
tá‚á de salvaciá¢án pá£áblica convierte a
todo extranjero en un sospechoso. De
esta manera, no pocos alemanes, in-
gleses, italianos y belgas pierden
sus simpatá¡áas iniciales por la revo-
luciá¢án y se convierten en sus enemi-
gos declarados.    

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