domingo, 23 de marzo de 2014

Felipe V inaugura la dinastía borbónica

España, 1701 - Muerto Carlos II, deja
en su testamento como sucesor al
trono al pretendiente francés Felipe
de Anjou, nieto de Luis XIV.
No le ha sido fácil llegar a ser rey
de España, ni le será fácil afianzar­se en el trono. Por el camino quedan
dos fuertes contrincantes. José
Fernando Maximiliano de Baviera,
elegido en primer lugar por Carlos II
fallece antes que el propio rey. El
otro, el archiduque Carlos, no piensa
resignarse tan fácilmente.
Cuando Felipe V es nombrado rey de
España, cuenta nada más que con 17
años, y parece un joven dotado de
gran actividad. Algo apropiado para
restablecer el antiguo poderío
español, o al menos para gobernar con
firmeza. En realidad, no es así. Poco
a poco despierta el ser apático que
esconde, sólo pendiente de la guerra.
De momento, las riendas de la corona
española, pasan por Luis XIV de
Francia, que intenta no modificar, en
lo posible, el funcionamiento del
estado, hasta que tope con los nobles
españoles, y se vea obligado a
intervenir, sobre todo para intentar
poner orden en la descalabrada
hacienda espaá¤áola. Una labor dificil.
Para completar el cuadro de la
inauguraciá¢án de una nueva dinastá¡áa,
se encuentra la visita de Felipe V a
Cataluña. Por primera vez en más de
un siglo, las cortes catalanas son
reunidas y pueden llegar a un final
sin incidentes. Felipe V había ido a
Barcelona a recibir a su esposa,
María Luisa de Saboya, y aprovecha el
viaje para intentar ganarse a los
catalanes, y hace promesas y conce­siones importantes a Cataluña, entre
las que se cuentan el reconocimiento
de sus leyes y costumbres propias,
algo realmente inesperado y asombroso
viniendo de un rey de ascendencia
francesa. De un rey educado en un
sistema de estado absolutista y
centralista. A pesar de esto, los
catalanes no pueden olvidar las
guerras de finales del s XVI, en
las que tanta sangre catalana cayó
frente a los franceses.
Para acabar de redondear, y acabar
con las esperanzas que un hijo de
Francia, el estado más fuerte del
momento, despierta al reinar en
España, está la falta de previsión de
Luis XIV. A pesar de afirmar reitera­damente que ambos estados serían
independientes completamente,
aparecen claros signos de intruosismo
en la vida política española. Se
conceden privilegios comerciales en
América a franceses, se permite la
entrada de sus tropas en Flandes, y
el estado calca las formas francesas.
El archiduque Carlos, mientras tanto,
afila sus armas. Así, se producen
ligeros enfrentamientos en el norte
de Italia, entre austriacos y
francesas, a finales de año.

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