viernes, 22 de agosto de 2014

El cansancio de la guerra interminable


Europa, 1917 - œEl hambre y el miedo se han convertido en compaá¤áeros
inseparables de los europeos, abocados a una guerra que no ofrece
esperanzas de una pronta soluciá¢án. El llamamiento del papa Benedicto
XV, el 1 de agosto, es acogido con escepticismo tanto por los
imperio centrales como por los aliados: ninguno de los dos bandos
parece dispuesto a oá¡ár al papa y realizar sacrificios de posiciones
a fin de detener el curso sangriento de la guerra. Cada uno de
los contendientes esperaba que el papa condenara al adversario,
pero no se dejaban conmover por otros argumentos que no fueran
los estrictamente bá‚álicos. La guerra de desgaste, llevada a sus
á£áltimas consecuencias por los dos bandos, amenaza prolongar
indefinidamente los sufrimientos de millones de hombres, mujeres
y niá¤áos. Otra iniciativa de paz estaba igualmente por el emperador
austrá¡áaco Carlos I, que habá¡áa sucedido a Francisco Josá‚á a fines
del aá¤áo anterior. Las conversaciones, mantenidas a travá‚ás de
Sixto de Borbá¢án, primo del monarca, se estancaron cuando el
presidente francá‚ás, Raymond Poincará‚á (1860_1934) exigiá¢á, antes de
firmar un armisticio, que Alemania renunciara a anexionarse
Renania y devolver Alsacia_Lorena a Francia. Sin embargo, en 1917
comenzaban a perfilarse los datos que inclinará¡áan la balanza,
ahora aparentemente inamovible, a favor de los aliados. La guerra
submarina, que los alemanes emplearon ya sin restricciones a
partir de febrero, infligiá¢á a los aliados, durante algunos meses,
pá‚árdidas má ás elevadas que en el resto de la conflagraciá¢án. Pero,
al mismo tiempo, posibilitá¢á que las corrientes norteamericanas
favorables a la intervenciá¢án se impusieran. El 2 de abril, Estados
Unidos declaraba la guerra a los imperio centrales, pero sus
tropas no estará¡áan en combate hasta muy tarde: Washington permanecerá¡áa
como potencia asiciada a los aliados y les suministrará¡áa importantes
cantidades de material bá‚álá¤áico. En el plano militar, 1917 pareciá¢á
seá¤áalar una recuperaciá¢án de las potencias centroeuropeas. El
mariscal Hindenburg, cuyas fuerzas occidentales estaban condenadas
a una posiciá¢án defensiva, se replegá¢á a un nuevo frente, situado
entre Saint-Quentin y La FáŠáre, que habá¡áa sido previamente reforzado.
Alemania lo esperaba todo de la guerra submarina, llevada a cabo
ahora sin ningá£án gá‚ánero de limitaciá¢án. El fracaso de la ofensiva
francesa contra el Aisne contribuyá¢á a mejorar la moral de sus
tropas y, al mismo tiempo, llegaban del frente oriental noticias
inmejorables: las posiciones rusas se deterioraban a pasos de
gigante. En septiembre, Riga caypo en poder de los alemanes, que
poco despuá‚ás se adueá¤áaban de Bukovina y Galitzia. Este alivio de
la tensiá¢án permitiá¢á a Hindenburg correr en ayuda de sus aliados
austrá¡áacos, que soportaban mal la ofensiva lanzada por los italianos
en Carso, entre mayo y agosto. Los refuerzos llegaron a tiempo y
las tropas italianas tuvieron que retroceder hasta el Piave,
despuá‚ás de sufrir el desastre de Caporetto, el 24 de octubre. En
el mismo perá¡áodo, la situaciá¢án polá¡ática interna de cada uno de
los contendientes sufriá¢á variaciones importantes: mientras en
Alemania se iniciaba un perá¡áodo de inestabilidad con la renuncia
del gabinete Bethmann_Hollweg, Francia encontraba una soluciá¢án aÜj Ü la crisis polá¡ática en que se debatá¡áa con la llegada al poder de
Georges Clemenceau (1841_1929), dispuesto a que el paá¡ás hiciera
falta para vencer en la contienda. Una de sus primeras medidas
consistiá¢á en reemplazar a Joffre, como comandante en jefe del
ejá‚árcito, por el general Robert Nivelle (1856_1924), que cambiá¢á
los planes de su antecesor y lanzá¢á una amplia y audaz ofensiva,
precedida por un ataque britá ánico en Artois. Sin embargo, la
maniobra terminá¢á en la derrota de Chemin des Dames, el 16 de
abril, y Nivelle tuvo que dejar su cargo a Philippe Pá‚átain (1856­_1951). La dispersiá¢án delos esfuerzos seguá¡áa siendo la principal
debilidad de los aliados: los britá ánicos empleaban la mayor parte
de su fuerza en Turquá¡áa, asunto que consideraban como propio; en
marzo entraron en Bagdad y el 9 de diciembre conquistaban Jerusalá‚án.
Sin embargo, tambiá‚án actuaron en el frente occidental, donde
lanzaron, entre junio y diciembre, una ofensiva parcialmente
exitosa en Flandes. En el curso de esa batalla, en Cambrai,
intervinieron por primera vez en la guerra los carros de combate.
Mientras tanto, Pá‚átain reconstituá¡áa con á‚áxito la moral de sus
ejá‚árcitos y obtená¡áa victorias importantes pero limitadas en
Verdá£án y Malmaison. En noviembre, los franceses pudieron enviar
varias divisiones a Italia, a fin de restablecer el equilibrio,
roto tras la dura derrota de Caporetto. Todos los á‚áxitos de los
aliados parecieron desaparecer de golpe cuando se supo que, en
Rusia, y bajo la consigna de Paz y tierra, los bolcheviques se
habá¡áan adueá¤áado del poder y estaban dispuestos a firmar un armisticio
con los alemanes. Tras el á‚áxito de la insurrecciá¢án del 7 de
noviembre, Lenin entablá¢á rá ápidamente negociaciones con Berlá¡án,
que fructificaron en el tratado de Brest_Litovsk, el 15 de diciembre.
Sá¢álo la entrada en combate de tropas norteamericanas y canadienses
podá¡áa restablecer la moral de los aliados, tras ese duro e inesperado
golpe.

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